Un viaje de bikepacking de 5 días entre amigos por una región increíble del norte de Argentina.
Valles Calchaquíes, Salta, Argentina
Otoño, 5-24°C, clima seco
Distancia total: 527 km
Ascenso total: 6350 m
Desnivel: 1150 – 3350 m
El gran comienzo
Todo viaje empieza con un plan. Y cuando se viaja con bicicletas, la planificación es clave para tener todo listo antes de subirse a un avión. Por eso, cuando el viernes por la tarde nos encontramos en el Aeropuerto Jorge Newbery de Buenos Aires, el grupo formado por 5 ciclistas amigos estaba listo para dejar atrás el trajín de la semana y arrancar la aventura como se debe: aterrizamos de noche en el aeropuerto internacional de Salta y nos fuimos directo a probar empanadas y vino salteños.
Al día siguiente, después de un preámbulo de armado de bicis, bolsos y ajustes, incluyendo una parada técnica en la bicicletería más cercana, atravesamos el caos de tránsito de la pequeña ciudad: calles agrietadas y emparchadas gobernadas por una marea de autos y motos que evitaban ceder el paso. Cuando finalmente salimos de la ciudad, empezamos a disfrutar la calma de la ruta. Partimos con dirección sur, con las bicis bien cargadas pero con la fluidez de rodar por pavimento: una entrada en calor amigable para los caminos con serrucho que vendrían. Luego de pedalear 130 km en falso llano empezó el verdadero espectáculo.
Paisajes extremos
Nunca imaginamos la diversidad de paisajes que iban a aparecer al costado de la ruta y los caminos de tierra. Con el correr de las horas fuimos atravesando una variedad de biomas, a un ritmo que nos permitía escanear los alrededores detenidamente con la mirada, apreciar los cambios y lanzar un suspiro de sorpresa en cada curva. Los contrastes eran más que notorios: desde construcciones urbanas aisladas hasta praderas fértiles con ganado, desde una extensa llanura hasta terrazas y cadenas montañosas, desde vegetación frondosa hasta formaciones rocosas de arenisca colorada salpicadas con cactus, desde la suavidad de la ruta asfaltada hasta el serrucho del ripio, desde construcciones de barro de otra época hasta geoformas erosionadas por el viento de otra era. Todo el andar formaba parte de una película atrapante, acompañada por el relato explicativo sobre las formaciones montañosas del geólogo del grupo.


Nuestros rituales de cada día
Salir de vacaciones es dejar atrás la rutina… para cambiarla por otra distinta. Montar una bicicleta implica seguir una serie de pasos ineludibles. Abajo de la bici: cargar el ciclocomputador y otros dispositivos la noche anterior, levantarse a las 7.30 am, tomar un desayuno energético, llenar 3 caramañolas, elegir las comidas energéticas de la rodada, guardar todas las pertenencias y reajustar los bolsos en la bici, vestirse de acuerdo al clima del día, chequear la presión de las cubiertas y la lubricación, y colocarse el pulsómetro, el casco y las gafas.

Arriba de la bici, también teníamos nuestros rituales:
- Sacarnos las manguitas y piernitas a los 40 min de rodada, ya que salíamos con el frío matutino pero al rato el sol comenzaba a sentirse.
- Aplicarnos protector solar ya que la exposición aumenta con la altura.
- Comer cada 45 minutos para sostener una carga energética constante.
- Beber suficiente agua ya que la hidratación es clave en altura.
- Parar para comprar comida y refrescos.
En general pedaleamos a un ritmo relajado, vacacional, para poder disfrutar del entorno, sacar fotos, detenernos a comer y beber cuando fuera necesario, y tomarnos los ascensos y el ripio con calma. De cualquier forma, los días se hicieron largos. Llegábamos a destino a las 5 de la tarde, cansados, listos para una ducha caliente, una cena sustanciosa y un buen descanso, pero también plenamente satisfechos por una nueva hazaña. Nos alojamos en cabañas que habíamos reservado o que encontrábamos sobre la marcha.
El encanto de su gente
Uno de los mayores atractivos de viajar reside en conocer de cerca la cotidianeidad del lugar y su gente. En nuestra visita al mercado de la ciudad de Salta tuvimos una auténtica experiencia de compras y gastronomía local. A su vez, a lo largo de nuestro recorrido por los caminos de los valles tuvimos la oportunidad de toparnos con salteños en sus labores diarias.
- Las niñas que corrían hasta la ruta para saludarnos apenas escuchaban la pisada de nuestras bicis sobre la tierra pedregosa.
- El anciano que dormía plácidamente sobre una silla en el pórtico de su vivienda de barro, imperturbable ante el sonido de la radio que lo acompañaba.
- El campesino que arreaba su ganado en dirección hacia nosotros, ocupando todo el ancho del camino.
- La familia que servía las empanadas fritas caseras más deliciosas en un pueblito remoto.
- La adolescente que nos pidió que votemos por su clase en IG y FB para que puedan ganar un viaje de egresados.
La ruta interior
Más allá de recorrer rutas que atravesaban escenarios de belleza natural, cada pedaleada nos llevaba por un camino interno de autodescubrimiento. Cada uno fue desafiado oportunamente por distintos obstáculos. Como no contábamos con vehículo de apoyo en caso de que algo sucediera, todo dependía de la fortaleza de cada uno para continuar.
Frente a un dolor lumbar, adormecimiento de manos, congestión nasal, una trepada de 13% o una rueda descentrada, seguimos pedaleando con determinación mental para llegar a destino. Rendirse no era una opción. Fue un viaje intenso que nos expuso a una variedad de sentimientos por momentos encontrados, desde dolor hasta placer, y que sin dudas nos volvió más fuertes como ciclistas.
Fotos: Iván Vañek (@ivandigital) y Sebastián Di Tomaso (@lavidadeseba)
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Ariel
Vaya experiencia! Solo viajando con la bici se logran esas conexiones con los paisajes y su gente. Me hubiera encantado seguir viendo mas fotos! Felicitaciones a cada uno por los kilometros recorridos y por esta crónica.