Gravel Diaries

EL CRUCE DEL SAHARA

Doce días de ultraciclismo en el desierto del Sahara para batir un récord mundial.

Desierto del Sahara, de Marruecos a Senegal

Verano, vientos de 40-80 km/h y tormentas de arena

12 días, 22 horas, 42 minutos

Distancia total: 3000 km

Ascenso total: 10670 m

En busca del Guinness World Record

Acostumbrados a proponernos desafíos deportivos alcanzables que convivan con nuestra rutina diaria -desde mejorar las propias métricas, hasta preparar una carrera, coronar un puerto o hacer un viaje de bikepacking-, el ciclismo de ultradistancia nos para frente a objetivos kilométricos, impulsándonos a conquistar un verdadero abismo.

Cruzar el desierto del Sahara en verano, con sus temperaturas extremas y tormentas de arena, con su entorno desolado y desconocido, con sus posibles contratiempos políticos y obstáculos culturales… es un desafío gigante y para pocos. Si a eso le sumamos realizarlo sin vehículo de apoyo y en tiempo récord, hay actualmente un solo nombre en todo el mundo capaz de realizar semejante hazaña: el ultraciclista ítalo-argentino Leonardo Morilla.

A continuación el relato en primera persona de las más vertiginosas vivencias a lo largo de esta carrera contra el tiempo.

Partir entre la multitud

Antes de que el reloj empiece a correr, me tomé una semana para aclimatarme al verano de Marruecos. Desde una habitación sencilla y sin ventilador, cuya única ventana daba un pasillo interno, los 37 grados ya me empiezan a asfixiar. Tengo que descansar y comer bien antes de partir.

Son las 22:30 hs en Menara Gardens, Marrakesh. Saludo a los tres testigos que firman los documentos del Guinness World Record. Me dan consejos, abrazos y palabras de aliento en árabe, algo así como “Dios quiera que lo consigas”. Parto entre la multitud. No tengo muchos más recuerdos de esa noche más que escuchar música y controlar las pulsaciones. Cuando vuelvo a darme cuenta de donde estoy, ya he cruzado la primera parte de las montañas Atlas, 2000 metros de ascenso antes del amanecer.

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Tormentas de arena

Luego de cruzar el último tramo de la cordillera del Atlas, llego a Tan-Tan, ciudad conocida como “La puerta del Sahara”. El viento es insoportable: sopla en contra y cruzado a 30 km/h con ráfagas de hasta 70 km/h. Incluso se me hace difícil caminar. Sostengo la marcha durante 3 horas, aún con miedo de caer frente a un camión. A mi alrededor la arena está suspendida en el aire. Cuando soplan ráfagas siento los latigazos sobre la piel. Me cuesta respirar, toso una y otra vez, intento despegar los párpados, pero las partículas me penetran por todas partes. Estoy en medio de una tormenta de arena.

Levanto la vista y veo una de las imágenes más aterradoras de este viaje: el horizonte está compuesto únicamente por arena en movimiento: no hay forma de distinguir entre suelo, aire y cielo. Me pregunto una y otra vez, “¿Qué hago acá?” Estoy abatido; los camiones se detienen y me preguntan hacia dónde voy. Les explico que estoy intentando batir un récord mundial, pero nadie parece entenderme. Después de recorrer 20 km en estas condiciones, llego a la ciudad de El Ouatia, donde el único idioma es el árabe. La comunicación se ha vuelto complicada y solo podemos entendernos a través de gestos. Encuentro un lugar donde me sirven un plato de pasta y a la una de la madrugada consigo dormir en una carpa de algodón, sin baños ni duchas.

No Man's Land

Van seis días de travesía y me aproximo a la franja que separa Marruecos de Mauritania. Es una de las pocas zonas en conflicto de mi trayecto, que nadie reclama como propia. Un territorio de 5 km donde no hay leyes ni gobierno que lo rijan. A medida que me acerco, aumentan los controles militares. Es la medianoche y un grupo de uniformados me detiene. Me indican que no puedo continuar en esa dirección a esta hora y que es más seguro que acampe allí. Insisto en seguir, ya que solo me faltan 50 km para llegar a un camping, pero sus palabras son terminantes. Me ofrecen acampar en una estación de servicio cercana. Extrañamente, me preguntan: “¿Dónde está tu amigo?”, a lo que respondo: “¿Qué amigo?”. Siguen: “Tú eres italiano, ¿dónde está tu amigo argentino?”. Ahí comprendo que están confundidos, tal vez porque en algunos controles presenté ambos pasaportes. Piensan que estoy viajando con otra persona. Utilizo esto a mi favor y les digo: “Ya está llegando, no se preocupen, lo llamaré”. Por suerte, por mi seguridad, creen que estoy acompañado.

Al día siguiente salgo rápidamente para no perder tiempo, cruzo el Trópico de Cáncer y continúo hasta el próximo pueblo fronterizo donde pasaré la noche, no sin antes detenerme para reparar una pinchadura. Llegar en bicicleta a una frontera en el Sahara tiene la ventaja de que te permiten saltear la fila bajo el sol. Pero ser blanco tiene la desventaja de que quieren entender realmente qué estás haciendo y asegurarse de que no representes una amenaza para ellos o un problema internacional. Finalmente cruzo el “No Man’s Land” y del otro lado me encuentro con nada más y nada menos que la Guardia Civil Española. Ellos estaban caminando, hablando y saludando a la gente. Quería abrazarlos, pero decidí limitarme a darles la mano.

500 km sin dinero

Mauritania me abre sus puertas tras abonar una visa de 55 euros. No aceptan tarjeta, por lo que ahora me quedan solo unos 5 euros en efectivo hasta el próximo cajero automático. 

La temperatura en la ruta ronda los 50 grados. Llego a uno de los pueblos más pobres que he visto, con camellos muertos abandonados en la carretera. Ni siquiera los han enterrado. Compro algunas bebidas mientras reviso el mapa. Hay una gasolinera a 80 km y luego un pueblo a 200 km. La gasolinera está abandonada y ya no tengo agua. Les pido bebidas a los militares y policías que me detienen y continúo hasta llegar a medianoche a la próxima ciudad, cuyo nombre solo se puede leer en árabe en los carteles.

Unos niños junto a una persona mayor me guían hasta tres cajeros automáticos, pero ninguno funciona. Me comparten algo de su escasa comida y me presentan al guardián de la mezquita para solicitarle dormir allí. Como todo hombre religioso, el señor habla varios idiomas, incluido inglés. Le cuento mi situación y me da la bienvenida para albergarme junto a otras 20 personas en el patio de la mezquita. Me acuesto en mi bolsa de dormir, miro al cielo y veo un millón de estrellas.

Al día siguiente me despierto con la llamada a la oración islámica a las 5 a.m. Nunca antes me había sentido tan dolorido muscularmente. No tenía comida en el estómago ni energías. Compro 2 panes con los últimos 20 centavos que me quedan y no me bajo de la bicicleta hasta llegar a la capital de Mauritania, Nuakchot. Llego a la medianoche y la historia se repite: ningún cajero automático funciona, ya es muy tarde para comprar comida. En el hotel hablan inglés: me dicen que no me preocupe, que me quede a dormir y vea cómo soluciono las cosas con el nuevo día. 

Al amanecer me contacto con amigos que trabajan en diversas ONG de África. Finalmente, logro que una amiga de un amigo me dé 200 euros en efectivo y le transfiero el equivalente a su cuenta en Europa. 

Intoxicación, fiebre y agotamiento físico

La abundancia de dinero en efectivo se traduce en un buen plato de arroz con pollo en el primer lugar que encuentro. Pero antes de terminar de comer, empiezo a sentir un fuerte dolor en el estómago y salgo corriendo al baño. Me estoy envenenando con carne en mal estado.

La cuenta regresiva de 600 km en 48 horas me obligan a continuar igual pese al agotamiento. Es de noche y estoy empezando a marearme en la carretera. En el próximo control militar me obligan a detenerme. Para mí, es una especie de salvación, ya que ya estaba comenzando a sentir fiebre. Me indican que puedo dormir en lo que parece ser una especie de jaula para gallinas. Durante la noche, me despierto con náuseas y me levanto para buscar un baño. Los militares me apuntan con linternas.

Al día siguiente me siento bastante feliz porque la fiebre ya ha bajado, pero el tiempo corre y el viento en contra sigue soplando. La falta de comida, el sueño y la fatiga física no me permiten mantenerme despierto. Cuando siento que me voy a quedar dormido, bajo de la bicicleta e intento caminar, pero incluso caminar me hace quedarme dormido. Llego a la frontera de Rosso, conocida por ser la más corrupta de toda África, justo 15 minutos antes de que cierre. Pago alrededor de 70 euros en sobornos y cruzo a Senegal en una canoa motorizada.

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Los últimos kilómetros

Me despierto temprano a las 8. Al vestirme noto que he perdido bastante peso. No desayuno, el dolor en el estomago me hace olvidar que debo comer. Salgo para encarar la ruta y enciendo el GPS. En el instante recuerdo que no hay internet: el gobierno de Senegal cortó el servicio debido a un intento de golpe de estado. No sé cómo llegar a Dakar, pero tampoco lo pienso dos veces: pedaleo en dirección sur, pidiendo indicaciones a los lugareños. Todo el camino en contra del viento.

Atravieso barricadas y veo señales de incendios de la noche anterior y calles que todavía están bloqueadas. Unos niños me detienen, amenazándome con palos y arrojando piedras y botellas. Me roban una botella de agua. La gente está furiosa en las calles y, a medida que me acerco a la capital, se vuelven más agresivos y menos dispuestos a ayudar.

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Habiendo pedaleado 350 km en las últimas 24 hs, solo restan unos kilómetros en medio del caos. Dos amigas van a mi encuentro, desde arriba de un taxi me guían hasta el Monumento del Renacimiento Africano. Con ellas dos como testigos, el 3 de agosto de 2023 a las 22:18 hs establezco el nuevo récord: 

El cruce más rápido del Sahara, desde Marrakech hasta Dakar en 12 días, 22 horas y 44 minutos.

Fotos: Sergio Michelini (@sergio_michelini_photography) y Leo Morilla (@leo_morilla)

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